-No tengo miedo... ─decía el niño.
-¿Pero de qué estás hablando? ─se extrañó su madre─. ¿Miedo a qué?
El niño apretó fuerte sus puños y con el flequillo en la cara se esbozó una expresión en su rostro de horror maravilloso. Sin levantar la cabeza y con la cara aún oculta dijo:
-¡No tengo miedo a sentir estas sensaciones oscuras de mi corazón!
-¡¿Pero de qué estás hablando, cariño?! ─dijo la madre llena de pánico confuso.
Ni el propio niño entendió lo que había dicho ni de donde salieron esas palabras. A punto de romper a llorar, algo estalló en el cielo. Dejó el parque radiado con una luz oscura, y en el núcleo de la explosión apareció una figura. El pequeño, con los ojos cristalinos, levantó la vista y vio aquella silueta que le resultaba increíblemente familiar, pero a la que no había visto antes en su vida. Y con su boca en forma de O, comenzaron unos chillidos, pero que sólo el pequeño los reconoció como una voz, llena de tristeza pero esperanzadora.
-¡Fuego! ─dijo la voz─ Ilumina tu corazón. ¡No dejes que jamás anochezca! ¡Acepta el ocaso eterno que te he traído yo desde este mundo de sombras de donde procedo! Y recuerda, ¡todo lo que sientas será verdad, aunque la ciencia, la sociedad y la gente digan lo contrario si tu lo sientes!
¡Vive para siempre! ¡Abandona la oscuridad!
Fin.
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